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¿Podríamos ser más racionales en política?

 

¿Cuánto de racional hay en el posicionamiento y las decisiones políticas tanto de los votantes como de las elites políticas? Nos gusta pensar que los votantes, al menos en promedio, siguen un patrón de racionalidad (“el pueblo es sabio”), pero lo cierto es que los apasionantes descubrimientos de la psicología política nos muestran que todo lo relacionado con el voto y el posicionamiento político está demasiado teñido de emocionalidad y automaticidad como para que podamos seguir pensando en esa pregonada racionalidad.

En efecto, la actividad cognitiva consciente debe ser entendida como un bien limitado, como un recurso escaso. El cerebro se dedica sobre todo a controlar las funciones del cuerpo y la mayor parte de su actividad se hace tras la cortina de la consciencia. El pensamiento consciente lo reservamos para actividades de alto nivel. Las decisiones políticas podrían ser de este tipo, pero, paradójicamente, las actitudes políticas pueden ser influenciadas por informaciones de las que uno puede no ser consciente.

Taber y Young han mostrado cómo las actitudes implícitas (restos difusos de experiencias pasadas, difíciles de concretar introspectivamente, que activan o median sentimientos, pensamientos o acciones a favor o en contra de objetos sociales –A. Greenwald-), que yacen bajo el umbral de la consciencia, y la manera automática en que se activan determinan los análisis políticos que hacemos. Las actitudes preconscientes se entrelazan después con las actitudes explicitas (aquellas que sí reconocemos, que verbalizamos) de modos variados y complejos. Valentino y Nardis consideran las actitudes preconscientes como una fuente de consistencia de las creencias políticas (actúan como un filtro de validación: si lo que escuchamos no concuerda con esa actitud, será rechazado) y llegan a decir que “lo que creemos ser una deliberación política es sobre todo una racionalización post hoc de evaluaciones preconscientes”. Las actitudes preconscientes – y previas a los hechos- pueden llegar a codificar cualquier información como “desagradable” y rechazarla antes de que pueda ser conscientemente considerada.

Queda abierto el tema de cómo se crean o configuran las actitudes preconscientes; es un asunto complicado, pero podemos decir que hasta el momento se sabe que pueden estar modeladas por la genética (R. Kanai, T. Feilden y G. Rees ,2011), la personalidad (Jost y Amodio, 2012) y los grupos sociales de referencia (en particular aquellos en que alguien se ha socializado).

La psicología cognitiva y la neuropsicología constatan que nuestra atención y nuestra memoria operativa son limitadas, que las actitudes implícitas se hallan más allá de la consciencia, que formamos rápidamente ciertas asociaciones mentales habituales. A pesar de ello nuestro sistema cognitivo es muy eficiente en general. Pero ¿lo es también en el ámbito de lo político? Hay muchas dudas sobre ello. La toma de decisiones y de posiciones políticas está frecuentemente azuzada por prejuicios que activan pensamientos habituales y la búsqueda de coherencia con nuestras creencias consolidadas más que propiciar una valoración cuidadosa de nueva información. En muchos ámbitos de la vida (al elegir una película, un alimento o al decidir si queremos salir o no con alguien) este mecanismo funciona bien, pero en la política no suele ser el caso. Los que conozcan la obra del nobel Kahneman sabrán que distingue dos modos de procesamiento de la información: uno para determinar en una situación si alguien es amigo o enemigo, si hay que huir o quedarse, si hay un peligro o una oportunidad; es el Sistema 1 y opera muy rápidamente.  El otro es el Sistema 2 e incluye al pensamiento secuencial y deliberativo, abstracto, no automatizado. Como se ve el Sistema 1 funciona en base a patrones preconfigurados (y “cargados” en buena medida en los genes) y tiene un valor supervivencial (sobre todo hace miles de años). Los problemas vienen si cuando debemos comparar tres programas económicos e impositivos de tres partidos acabamos resolviendo el problema en base a las emociones de gusto o disgusto que nos despiertan los políticos de esos tres partidos: estaremos usando el Sistema 1 cuando deberíamos usar el Sistema 2.

Bartels, (1996) ha mostrado cómo el dejar que las decisiones políticas sean adoptadas por razonamientos intuitivos tipo Sistema 1 termina haciéndonos buscar la consistencia con lo que pensábamos desde el principio mediante el proceso denominado de razonamiento motivado (en virtud del cual la selección y evaluación de la información, la codificación en memoria, la formación de las actitudes y la creación de juicios y toma de decisiones están influenciados por las motivaciones o metas previas) que hace que toda la información que nos desagrade o desafíe nuestras creencias sea inmediatamente desestimada, lo que hace que las decisiones sean pobres en general. Entender este mecanismo es clave para generar polarización social.

Agrado y desagrado nos llevan al terreno de las emociones y de cómo interactúan con las cogniciones de maneras intensas y sutiles en el mundo de la política (Brader y Marcus). Los citados Taber y Young han estudiado de qué modo motivaciones y afectos generan procesos de cognición en caliente en el que las personas están fuertemente motivadas para preservar sus propias creencias cada vez que escuchan mensajes políticos. En estos casos, además, se oponen a cualquier argumento contrario a los suyos, a las visiones distintas y a despachar cualquier razonamiento de los oponentes como débiles e inconsistentes, y todo ello con gran rapidez y de modo preconsciente en gran medida. Chong, tras un interesantísimo estudio, llega a plantear que, quizás, las creencias de los mejor informados (en política) pueden reflejar una perspectiva ideológica distorsionada más que un estado objetivo del mundo.

La racionalidad en la política podría mejorarse si se educase a los ciudadanos en analizar opciones, en genuina escucha activa (neutralizando juicios apriorísticos), en desafiar las propias creencias, etc., la democracia dejaría de ser un terreno apto para populistas y manipuladores. ¿Se imaginan a los partidos presentando sus campañas a ciudadanos expertos y objetivos al valorar candidatos y realidades políticas? Los fuegos de artificio y las mentiras tendrían mucho menos espacio.

Juan San Andrés

Consultor en organización y RRHH

Psicólogo

Miembro de la Sociedad Internacional de Psicología Política (ISPP)

https://juansanandres.com/blog/

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