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El virus psicológico: miedo por la vida, miedo al futuro, miedo a los demás

 

 

La prolongación de la pandemia por más de seis meses y las actuaciones políticas e informativas con que se está abordando han creado un caldo de cultivo ideal para la aparición de cuadros psicopatológicos explícitos y latentes de diverso tipo y de muy amplia extensión entre la población. Esta vertiente psicopatológica del problema de la covid-19 es importante y significativa más allá del ámbito estrictamente clínico, también lo es en el social y en el político-económico.

Lo que refiero a continuación se basa en observaciones personales contrastadas con otros psicólogos y psiquiatras. Desgraciadamente no disponemos aún de datos sobre el consumo de ansiolíticos, antipsicóticos o ingresos psiquiátricos en los hospitales que nos permitirían fundamentar mejor las hipótesis que se exponen.

En estos meses he visto a un número llamativo de personas pasar por estados mentales con significación clínica: estados de ansiedad y angustia (ambos muy frecuentes), de depresión, de euforia ocasional y de confusión. Las manifestaciones de estos estados son muy variadas: escasa capacidad de concentración para abordar tareas de alguna complejidad (muy frecuente), tristeza con abatimiento y desesperanza (con una visión muy oscura del futuro), bajos niveles de actividad, aislamiento social intenso o extremo, agorafobia, dificultades para obtener un sueño de calidad, aumento de la ingesta alcohólica, trastornos del comportamiento alimentario y de los patrones de actividad sexual. Un capítulo especial, por no entrar en la categoría de la patología, pero si poder actuar como desencadenante, es la aparición durante el confinamiento de los trastornos relacionales intrafamiliares.

Esos síntomas serían los más frecuentes, pero no los únicos. Las personas con patologías psicológicas y psiquiátricas previas de gravedad -psicosis, trastornos de personalidad, trastornos obsesivo compulsivos, etc.- también están viéndose seriamente afectadas por el confinamiento de los primeros meses, por la restricción de contacto social actual y por el intensísimo bombardeo de noticias negativas durante los seis meses que ya dura la crisis. Este capítulo de las noticias negativas es más importante de lo que podría pensarse a primera vista. En efecto, cuando todos los medios coinciden en señalar la gravedad de la situación y su empeoramiento cotidiano, así como la falta de soluciones y el caos en las actuaciones de los responsables, ya no se trata de meras noticias u opiniones, se trata de la Verdad, de la descripción absoluta y veraz, y monolítica, de los hechos. Siendo así la información deja ser analizada y cuestionada para ser solamente tragada y digerida.

Existen buenas razones por las que los contenidos informativos que se están difundiendo (que son de dos tipos: sanitarios y económico-políticos), unidos a las restricciones de contacto social están actuando como un verdadero virus psicológico. Por un lado, el aislamiento social y el miedo y la desconfianza a entrar en contacto con los demás (a menudo incluso tratándose de amistades cercanas), en un momento en que parece haber un riesgo claro para la salud e, incluso, para la vida, va haciendo que muchos caigan en situaciones de fobia social y pierdan así la mayor fuente de soporte psicológico y gratificación personal: las relaciones personales.

El teletrabajo merece un aparte en este sentido al ahondar aún más la naturaleza de estos problemas. En una sociedad que ha enfatizado el individualismo en todos los aspectos posibles el trabajar desde casa solo refuerza esa tendencia. Curiosamente esto ha hecho que muchos empiecen a darse cuenta de que teletrabajar el 100% o el 80% del tiempo supone una pérdida personal, un empobrecimiento en sus vidas. Las empresas, en un primer momento también entusiasmadas por los previsibles ahorros inmobiliarios, terminaran dándose cuenta de las pérdidas en términos de fuerza de la vinculación y el compromiso de sus empleados.

Pero volvamos a los elementos psicopatogénicos de las noticias. Hay una categoría especial, la de aquellas que hablan de los desastres que nos traerá el futuro. En resumen, serían: para los aún activos, el desempleo creciente; para los pensionistas, que sus pensiones habrán de bajar porque son insostenibles y para los jóvenes, que no habrá oportunidades de empleo ni cabe esperar que sus sueldos suban.

Tenemos pues un panorama de miedo extendido, miedo por la propia vida, aislamiento social (con creciente fobia social) y miedo y desesperanza por lo que el futuro traerá (el mensaje es “los recursos para ganarse la vida -el trabajo y las pensiones- están en peligro”).

Aparte de los trastornos psicológicos y psiquiátricos ya comentados, el “virus” psicológico va configurando entre las personas más vulnerables una predisposición a dejarse seducir por cantos de sirena en forma de mensajes políticos que ofrecen soluciones infantiles, si, literalmente infantiles: no tendrás que trabajar para vivir, no tendrás que estudiar para aprobar, no tendrás que cotizar para tener pensión. En las circunstancias actuales el miedo y la ignorancia pueden ser utilizados con facilidad por los demagogos.

Pido a los periodistas un esfuerzo radical por ofrecer un panorama informativo más realista y completo, que señale también todo lo positivo que está ocurriendo al respecto del virus (baja letalidad, altísima ocurrencia de casos asintomáticos, disposición de un arsenal terapéutico muy eficaz). Pido a los políticos que no infantilicen a la población y que piensen en el futuro a largo plazo y, por último, pido a cada lector que use su propio discernimiento para juzgar la situación y actuar con inteligencia.

Solo una completa y sólida información (ni sesgada hacia el desastre ni hacía el negacionismo) y el uso del razonamiento pueden generar los anticuerpos necesarios para enfrentarse al virus psicológico.

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