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Tª De Las Escaleras Mecánicas O Ley Del Mínimo Esfuerzo Laboral

Tª de las escaleras mecánicas o Ley del mínimo esfuerzo laboral

Hace unas semanas me operaron el menisco de la rodilla derecha. Eso supuso que durante algún tiempo estuviera algo limitado en mi movilidad. Es verdad que cuando perdemos alguna de nuestras capacidades –capacidades a las que, mientras están disponibles, no solemos prestar mucha atención- empezamos, automáticamente, a darnos cuenta de cosas que antes nos pasaban desapercibidas. Es como si con la capacidad se nos cayese alguna cortina que nos impedía ver ciertos aspectos de la realidad.

Ley de mínimo esfuerzo laboralEn mi caso el «descubrimiento» fue el siguiente: yo acostumbro a ir a trabajar en el Metro y suelo aprovechar las escaleras para hacer ejercicio. En contadas ocasiones me monto en las mecánicas y, aun entonces, sigo subiéndolas a pie; eso sí, más rápido, porque a la velocidad del mecanismo de remonte sumo la mía propia. El caso es que el médico me había recomendado subir lo menos posible las escaleras. Por eso me instalaba en un escalón y me dejaba arrastrar pasivamente. Me costaba trabajo no subirlas pero las molestias me recordaban los consejos del doctor. En esos momentos de pasividad impuesta me di cuenta de que la gran mayoría de la gente se deja llevar por las escaleras mecánicas.

No creo que todos ellos estén recién operados de la rodilla o de cualquier otra cosa. La mayoría son gente normal sin problemas aparentes que les obliguen a permanecer quietos sobre un escalón. Con paciencia bíblica esperan todo lo que haga falta hasta que son depositados en su destino -sea éste arriba o abajo, eso apenas marca alguna diferencia-. Me pregunto cómo es que tantas personas simplemente se dejan llevar cuando podrían llegar antes y, además, hacer algo de ejercicio si usasen sus piernas. En un ascensor no puedes hacer nada más que dejarte llevar pero en una escalera mecánica, con un pequeño esfuerzo, llegarías antes y obtendrías algún beneficio para tu salud, además de la sensación de bienestar que te proporciona el ejercicio.

He observado también que en las horas punta, cuando uno ha de apresurarse para llegar a tiempo al trabajo, hay más gente que se decide a usar sus piernas, aunque siga utilizando las escaleras mecánicas. En esos casos, la presión del tiempo les hace movilizarse. Se comprende que las personas mayores o enfermas se dejen llevar y se beneficien de la comodidad del mecanismo elevador. Pero ¿y los jóvenes y los que gozan de perfecta salud? ¿por qué, mayoritariamente, se dejan llevar? ¿qué les conduce a creer que si hay algo que les transporta ya no han de mover ni un músculo?

Ley de Ook mínimo esfuerzo laboralNo sé en qué medida, pero creo que el comportamiento en las escaleras mecánicas es una buena metáfora de lo que ocurre con el uso de los servicios sociales, las subvenciones y, en general, con las facilidades que los Estados del Bienestar modernos ofrecen a sus ciudadanos. Creo que bien puede ser que muchas personas simplemente se «enganchen» al mecanismo de remonte, al servicio social que sea (subsidio de desempleo, sanidad gratuita, enseñanza gratuita, etc.) y dejen de hacer lo que está en su mano para mejorar las cosas (para encontrar empleo, para curarse, para aprender). Es una respuesta muy característica de los humanos el cumplir la ley del mínimo esfuerzo y acomodarse con rapidez a las situaciones más ventajosas, sobre todo si el sistema dominante de valores trata por igual a los que se benefician del sistema que a quienes contribuyen a él.

La ley de mínimo esfuerzo en la vida cotidiana

El problema está en que, al dejar que sea algo externo lo que trabaja por mí para alcanzar el objetivo -sea este llegar al piso de arriba, disponer de una renta o conseguir medicinas gratis-, muchas personas dejan que sus sistemas de actuación para conseguir metas se oxiden. Pierden sus capacidades, y secundariamente desarrollan creencias coherentes con su comportamiento de beneficiarios de los subsidios o de las escaleras mecánicas, que para el caso es lo mismo. A través de esta ley del mínimo esfuerzo, se desarrollan creencias que frenan la acción, que nos hacen vernos a nosotros mismos como sujetos pasivos, beneficiarios, de pleno derecho, de los mecanismos estatales de ayuda. Cuando en una sociedad estas creencias se generalizan y son muchos los ciudadanos que caen en la cultura del subsidio-trampa (y es muy humano hacerlo), ese país se enfrenta a un importante problema social.

Ley de mínimo esfuerzo profesional psicologíaQuisiera aclarar que mi reflexión se refiere, en este caso, más a las consecuencias psicológicas que a las económicas y políticas, que también las hay, como es evidente.

El Estado del Bienestar debería ser escrupuloso con los procedimientos de adjudicación de las ayudas sociales. Exceptuando los casos de quienes se hallan en situaciones incontestables de desvalimiento, cada beneficiario de cualquier tipo de ayuda debería contraprestar a la sociedad de alguna manera proporcionada, lógica y en la medida de sus posibilidades. Este principio podría salvar a muchos de la parálisis psicológica en la que caen al convertirse en usuarios crónicos de los beneficios disponibles. No se beneficia a los ciudadanos al no exigir esas contraprestaciones. Por ejemplo, en los países nórdicos es común que quien recibe un subsidio de desempleo realice algunos trabajos, relacionados con su oficio, en favor de la comunidad mientras se beneficia de él. Supongo que sus sentimientos de valía personal serán mayores que los de quien simplemente percibe los subsidios hasta que se agotan sin hacer nada.

La crisis actual nos fuerza a reducir las prestaciones sociales. Ojalá que cuando la superemos y, ya sin tantas apreturas económicas, nos replanteemos el tipo de Estado que queremos y podemos tener, no olvidemos que, en el ámbito de las ayudas sociales, «más» no es sinónimo de «mejor». Un diseño inteligente de esas ayudas nos permitirá modelar una cultura social en la que los ciudadanos se consideren agentes activos del bienestar social y sientan que lo que el país puede lograr depende más de su compromiso con el bien común que de la exigencia incondicional de derechos.

Me siento feliz de haber terminado mi rehabilitación y poder seguir subiendo las escaleras. No me gusta ceder el control de mi movimiento a ese artefacto mecánico.

Juan San Andrés

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