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Minusvalía estética

Un amigo me contaba hace unos días que en su departamento había entrado una chica nueva, con buen curriculum y buena disposición. Su jefe le había comentado en privado que era una lástima que en RRHH no hubieran encontrado a alguien con un mejor “aspecto”. La chica, al parecer, no era bonita pero fue sin duda la mejor en la selección. El jefe había ido a una reunión con clientes a la que la nueva profesional debería haber asistido, pero no la llevó con él. La confidencia que el jefe hizo a mi amigo la hizo desde la certeza del que sabe que la apreciación de la fealdad es algo que se suele compartir. La realidad, si somos sinceros, es que suele ser así. También la evidencia experimental muestra que la gente suele estar muy de acuerdo al juzgar quién es y quién no es atractivo ( Cunningham y otros,1995)

Esta historia me hizo recordar una que viví en primera persona, en los primeros años de mi carrera, cuando seleccioné a un ingeniero con expediente de sobresaliente y lo presenté al director del área que lo necesitaba. Nada más introducirlo en el despacho del jefe pude observar los signos de la decepción en la expresión de éste. Hasta ese momento todo lo que el director sabía era que el ingeniero era muy brillante y tenía buena experiencia. Desde que lo vio todo eso quedó postergado, no era importante. En efecto, el ingeniero desmentía con su imagen física todos los créditos que su capacidad aportaba. No entraré en los detalles, pero reconozco que es verdad que la primera impresión no sumaba méritos a su candidatura. Sin embargo, tan pronto como tenía la oportunidad de hablar, había que ser muy superficial para no darse cuenta del valor de esa persona. Esto, sin embargo, no le valió en este caso. El director decidió no contratarlo. Argumentó que los clientes podían reaccionar mal ante su aspecto y se podrían perder proyectos o capacidad de influencia.

El caso que he descrito me marcó. Inmediatamente me dí cuenta de que una desventaja estética es equivalente o peor que una minusvalía física pues nadie, en ningún lugar, tiene programas de integración para personas con “minusvalía estética”, como sí los hay para el otro grupo. Yo no sabía en ese momento que también en una empresa, donde yo pensaba que lo fundamental para ser apreciado eran la calidad de la contribución de cada uno y su talento, lo más importante podía ser la belleza física. Desde ese momento, cada vez que he tenido a un candidato que pudiese ser menospreciado por su estética, he preparado el terreno ante quien fuera a ser su jefe, buscando que llegase él/ella mismo a la eliminación del prejuicio.

Vivimos en un mundo donde la belleza física es uno de los valores supremos. Apenas si hay actores, actrices o presentadores/as que no sean muy atractivos (piensen en todas las estrellas de cine y televisión y lo confirmaran). Quienes son atractivos reciben más ofertas de trabajo y tienen muchas más oportunidades de elegir pareja. Las personas con desventaja estética tienen una vida mucho más difícil. Se les exige más y se les reconoce menos, reciben menos atención y se busca menos su compañía.

La psicología social ha demostrado la creencia generalizada de que las personas atractivas son más equilibradas, sociables, interesantes, independientes, dominantes, socialmente hábiles, sexys y con más éxito que las no atractivas ( Dion y Dion,1987; Moore, Graziano y Miller, 1987). podría pensarse que la reacción ante los poco atractivos es socialmente aprendida pero hay evidencias de que no es así: en 1.990 Langlois, Roggman y Rienner Danner demostraron con una serie de ingeniosos experimentos que los bebes preferían ser cuidados por cuidadores atractivos -sin que importase su sexo, edad o raza-que por no atractivos. Nos hallamos por tanto ante una reacción para la que podría haber una predisposición innata.

Aparte de lo profundamente  injusto que es segregar de este modo a alguien hay que añadir que es increíblemente estúpido en una sociedad que dice ser la del conocimiento y el talento (hasta el momento, que yo sepa, nadie ha podido demostrar ninguna correlación entre el atractivo y la inteligencia). Nos pasamos la vida hablando del talento y, en el día a día, el talento no es lo primero. Cuando alguien nos impacta por su sobrepeso, su estatura o su falta de belleza, la valoración del talento sale por la ventana. El argumento de que los clientes preferirían trabajar con alguien más presentable es sólo un pobre remedio para callar nuestra conciencia y encubrir las verdaderas razones personales con motivos de negocio.

Quiero proponer una reflexión sobre esto a todos los que, en alguna ocasión, puedan tener que decidir sobre personas, en cualquier ámbito. La “minusvalía estética” es una realidad de facto que no debería seguirlo siendo. No contribuyamos a su supervivencia. Todos podemos hacer alguna contribución a mejorar en esta forma de discriminación tan irracional.

Esta entrada tiene un comentario
  1. Me parece interesante el tema pero no solo la belleza fisica sino sobre todo la imagen que proyectamos.Tambien hay guapas a las que se presupone tontas.

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