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Libido perdida en la red: efectos del sexo en internet

En una de sus ocurrentes frases, Woody Allen dice: «El sexo sin amor es una experiencia vacía, pero hay que reconocer que, como experiencia vacía, es una de las mejores». Debe de serlo, a juzgar por los derroteros que están siguiendo ciertos comportamientos de la esfera sexual. Internet changes everything, «Internet lo cambia todo», rezaba el eslogan de una compañía de software hace unos años. La frase tampoco puede ser más acertada en lo relativo a las conductas de contacto y consumación sexual: los datos indican que aproximadamente el 50 % de las descargas de Internet son de naturaleza pornográfica. El adolescente promedio norteamericano ve una media de cincuenta videoclips pornográficos a la semana y, en Japón, el 36,1 % de los varones de entre dieciséis y diecinueve años dicen no tener interés por el sexo o tener aversión a las relaciones sexuales (¿pueden creerlo? ¡Justo en el cenit del proceso de maduración sexual!). Por otro lado, los casos de disfuncion eréctil en hombres físicamente sanos y adictos al sexo en Internet se están multiplicando, aunque no disponemos aún de estadísticas fiables. El problema afecta más a los varones que a las mujeres, previsiblemente por la forma que en éstos adopta la curva de respuesta-consumación (respuesta más disparada por estímulos visuales y consumación en tiempo corto), muy distinta de la femenina.

El sexo es la mercancía más comercializada en la red. No sólo se venden u ofrecen gratis las imágenes, hay toda una variedad de marketplaces para poder encontrar relaciones intimas sin compromiso alguno, algunas especializadas en gente casada. Hay quien opina que Internet está simplemente dando cauce —y no aumentándola— a la satisfacción de una necesidad de estos seres hipersexuales que somos los humanos. Recientemente los antropólogos Ryan y Jethá han publicado un libro —En el principio era el sexo, Paidós, 2011— en el que explican que el comienzo de la agricultura creó la necesidad de ser monógamos: de este modo se podía tener la certeza de quién debía heredar la tierra. Los autores argumentan que la monogamia es insatisfactoria sexualmente y que eso estaría en la base de los fracasos matrimoniales, cada día mas frecuentes. Obviamente la monogamia no es la causa de las alteraciones que se empiezan a conocer entre los adolescentes, aunque quizás sí de las de los adultos ya comprometidos que buscan parejas alternativas.

El asunto de los adolescentes me parece de la mayor importancia. La observación de pornografía provoca una dependencia por vía de la descarga de dopamina en el cerebro. Estas descargas del neurotransmisor más directamente implicado en las experiencias de placer pueden ser más intensas con el visionado de modelos que cambian que con un compañero real. Si, además, esas experiencias tan intensas y adictivas pueden lograrse a voluntad, a toque de clic, usando un medio al alcance de todos los adolescentes del mundo desarrollado, tenemos ante nosotros un verdadero problema.

El impulso sexual es una especie de gran fuerza locomotriz que, cuando opera de una manera estructurada, arrastra a otras conductas de acercamiento social que podrían culminar eventualmente en la satisfacción de la necesidad sexual. Así, un adolescente puede tratar de sobresalir en clase para atraer la atención de sus compañeras o una profesora puede ser amable y ayudar a un compañero por el que siente interés. Si los impulsos sexuales pasan a satisfacerse de manera inmediata y autoconsumatoria y se debilitan las respuestas naturales ante las personas reales, algo cambiará en la sociedad y en las personalidades de la gente. Muy especialmente en los más jóvenes.

El encauzamiento y socialización de los impulsos sexuales es la razón de ser de muchos hábitos sociales y formas de interacción y está en la base del proceso de socialización de los humanos. La sexual es una de las motivaciones capitales (junto con la de supervivencia o la de pertenencia a un grupo) e Internet (que es sólo el medio y no la causa) está posibilitando alteraciones fundamentales en la manera de satisfacerla. Las neuronas de jóvenes y adultos reciben mayores cantidades de dopamina con la variación de imágenes en la pantalla que con compañeros reales estables y las personalidades juveniles se ven privadas del efecto «tractor» que la motivación sexual ejerce para desarrollarse saludablemente cuando la gratificación ha de ser demorada y depende de haber llevado a cabo con éxito ciertos rituales sociales previos.

Los jóvenes se han de enfrentar al reto de aprender a «gestionar» sus necesidades sexuales de manera sana y socialmente adaptativa. Sólo así podrán llegar a disfrutar de uno de los mayores alicientes de la vida y de tener consciencia: la relación de pareja.

Es urgente una reflexión madura entre los adultos, que los padres y educadores practiquen pedagogías eficaces y que los reguladores de la red y los técnicos perfeccionen el uso de los sistemas de bloqueo. La escena que ya hoy ofrecen los países más desarrollados debería ser un revulsivo suficiente para actuar e impedir el avance de este problema.

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